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El largo y enrevesado proceso de adhesión al lenguaje del Movimiento Moderno, que conlleva un necesario, aun atormentado, abandono del más reconfortante código ecléctico tardío, hace que las exposiciones locales e internacionales adquieran un rol fundamental por su aporte teórico y comunicativo. Durante varios años, entre los pabellones especialmente diseñados, se asiste a una coexistencia de tradición e innovación que no siempre es armoniosa y que ocasiona conflictos entre los mismos organizadores. Es un choque entre generaciones, así como entre diferentes maneras de concebir y entender la arquitectura, los materiales y las formas: la Exposición Italiana de 1928, organizada en Turín, celebrada por la historiografía cual momento de consagración de la arquitectura racionalista en el ámbito italiano, gracias a la aparición en la escena nacional de Pagano y Sartoris, desentraña una especie de narración tradicionalista, debida, en parte, al freno inhibidor pisado por una generación que aún estaba vinculada firmemente a la inagotable y tenaz persistencia del eclecticismo. Muchos de los elementos exitosos y algunos de los protagonistas, tanto los más jóvenes, como los más experimentados, ya habían expuesto en la Exposición Internacional de la Construcción que se organizara en la misma ciudad dos años antes: menos conocida, albergaba los pródromos de una época prolífica e innovadora de la cultura arquitectonica italiana. |